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Mexico

La lucha por la humanidad y contra el neoliberalismo, hoy

A 25 años de haberse sembrado el EZLN, 15 de vibrar el ¡Ya basta!, 5 de crecer las Juntas de Buen Gobierno, 3 de caminar la Otra Campaña y la Zezta internacional. Muchos cumpleaños en uno, por celebrarse en el Festival de la Digna Rabia. Es que el movimiento zapatista no tiene una identidad sino varias, que se modifican entre sí. Levantamiento indígena en busca de dignidad y autonomía, lucha de liberación nacional, rebelión por la humanidad y contra el neoliberalismo: el zapatismo transforma cada elemento que articula, entrelazando escalas múltiples, nacionales e intranacionales.

En este entretejido de horizontes y temporalidades, el llamado a luchar “por la humanidad y contra el neoliberalismo” tiene una extraordinaria pertinencia histórica. Si bien el EZLN tuvo la elegancia de minimizarlo, el Encuentro Intercontinental de 1996 despertó el espíritu internacionalista después de décadas de apatía y ocupa un lugar en la memoria de la resistencia globalizada, como antecedente del movimiento altermundialista que arrancó en Seattle, en 1999.

Resultó determinante el nudo entre ambos elementos de la convocatoria: por la humanidad y contra el neoliberalismo. Reivindicar lo humano sólo tiene sentido si identificamos el adversario que obstaculiza su realización; cualquier proclama humanista separada de una crítica radical del presente no pasa de ser una mistificación que acomoda los horrores de la cuarta guerra mundial con la ética light del humanitarismo. Es igualmente indispensable aclarar los valores en nombre de los cuales rechazamos la globalización neoliberal, pues el mundo está lleno de fundamentalismos religiosos o ultranacionalistas que también se oponen a ella. Además, la lucha por la humanidad y contra el neoliberalismo se aleja del universalismo abstracto que no es sino la universalización de valores especificas (occidentales). Contempla una humanidad que construye su unidad a partir de particularidades concretas, reconociéndose como mosaico de historias en búsqueda de diálogos entre iguales, de cooperación entre diferentes: un pluniversalismo (lo uno y lo plural), un mundo en donde quepan muchos mundos.

Hoy, la acumulación del capital provoca una acumulación de catástrofes que amenazan la existencia de la humanidad. Por primera vez, el instinto de conservación de los humanos en peligro de desaparecer podría convertirse en el mejor aliado de la rebeldía antisistémica. ¿Puede entonces la destrucción del mundo de la destrucción concebirse como obra de una sola clase, o de la no-clase de los excluidos? Si bien la lucha parte de los actuales antagonismos sociales y se identifica con los de abajo, tendría que asumir en su proceso mismo el punto de vista de la humanidad toda, buscando salvarse y realizarse como humanidad digna.

¿Qué pasa ahora en el contexto de una crisis de proporciones desconocidas desde 1929? Si bien no significa el derrumbe del sistema, parece abrir paso a una nueva metamorfosis del capitalismo, después del ciclo neoliberal y la hegemonía absoluta de Estados Unidos (cuya imposible restauración sellaron el fracaso en Irak y el desastre en Wall Street). Que los reacomodos sistémicos hayan empezado cuando apenas asistimos a las primeras escenas en el circo de los altibajos bursátiles, y faltan aún los efectos devastadores de la recesión, sugiere que la crisis sólo acelera procesos iniciados tiempo atrás. Si las potencias se preparan para integrar a los países emergentes a la (in)gobernabilidad económica mundial no es por altruismo, sino porque los necesitan; si los fanáticos del libre mercado ya tuvieron que pedir socorro al Estado, no es por una súbita convicción socialista, sino porque saben que, como en 1929, sólo el Estado puede salvar al capitalismo.

Si el mismo sistema realiza parte del programa anti-neoliberal (papel rector del Estado, aumento del gasto público, control de los flujos de capital, regulación financiera, giro proteccionista), no podremos seguir luchando “por la humanidad y contra el neoliberalismo”. Cuidemos que el nuevo protagonismo de algunas potencias del sur no desarme una crítica decolonial, acostumbrada a denunciar la dominación del norte, o que una parcial relegitimación de los Estados no divida las convergencias transnacionales de los de abajo. Por estas razones, el contexto abierto por la crisis hace más necesaria una postura claramente anticapitalista, como la que adelantó la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

A partir de 2001, el Foro Social Mundial llevó a una escala más amplia el proceso que el Encuentro Intergaláctico de 1996 había iniciado. Supo generalizar la convicción de que “otro mundo es posible”. Sin embargo, en su afán de diversidad, no aclaró si promovía alternativas al capitalismo o alternativas dentro del capitalismo. La ambigüedad de la postura antineoliberal permitió agrupar a quienes luchan contra el capitalismo y los que buscan eliminar los efectos más salvajes de la economía mercantil, mediante la regulación del Estado y las instancias internacionales. Muy probablemente, esta ambigüedad quedará rebasada en la fase abierta por la crisis, con lo cual cobraría mayor necesidad el nuevo Intergaláctico, esbozado por la Sexta. Tendría sus características propias: una perspectiva inequívocamente anticapitalista; un camino no-estatal buscando construir desde abajo formas de autogobierno (siendo las Juntas de Buen Gobierno y el fortalecimiento de la autonomía la contribución práctica de los pueblos zapatistas al debate); la intuición de que ya no se trata sólo de resistir sino de proponer y construir colectivamente. “Otro mundo, otro camino”, plantea el Festival de la Digna Rabia. Este camino no lo ilumina ninguna vanguardia, ni lo aplanan las maquinarias del Estado. Del modo en que caminemos abajo a la izquierda depende el mundo que crearemos. El otro camino ya es parte del otro mundo que soñamos. Un camino en donde quepan muchos caminos.

¿Qué significa “anticapitalismo”? Que las dignidades que somos empecemos a sacudir la humillación y desposesión que la sociedad de la mercancía instila en nuestras formas de ser: egos desmedidos, miedo y negación de los otros en aras de la competencia, sumisión de nuestros actos a criterios cuantitativos, obsesión por el éxito y la eficiencia, culto a la velocidad y los tiempos cortos. Que es hora de despertar nuestro sentido del futuro. De realizar que es posible una organización política basada en autonomías locales coordinándose a nivel regional, nacional y mundial. Un sociedad que libere el tiempo, respetuosa de la naturaleza, produciendo sin dinero lo suficiente para que todos los humanos puedan vivir bien. Si no empezamos a asumir que es posible ese otro mundo liberado de la tiranía de la mercancía y el Estado, el dinero y el trabajo especializado, no tiene sentido una postura anticapitalista. La alternativa es: barbarie capitalista o humanidad digna.


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