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Siria

«Hay miedo al régimen pero también a la inestabilidad»

¿Qué diferencia a Siria de los otros países árabes?

El régimen del Partido Baath en Siria es una de las dictaduras más feroces de la región. Los mukhabarat sirios –servicios de seguridad– son muy temidos y en el mundo árabe abundan los chistes macabros sobre sus talentos de torturadores –talentos que Damasco puso al servicio de EE.UU. en la “guerra contra el terror”. A diferencia de Libia, este es un régimen muy institucionalizado, con un partido dirigente y una serie de organizaciones de masas muy controladas pero que sí canalizan los intereses de varios grupos sociales. El poder del clan Asad es más “colectivizado”. El régimen goza de un nivel de legitimidad mayor en lo internacional, por su actitud nacionalista y su rechazo a cualquier compromiso con Israel y Occidente. En realidad sí hubo varios compromisos, tanto con Washington como con Tel Aviv, pero no la actitud servil de Mubarak. Además, Bashar al-Asad y su esposa siguen teniendo en parte de la población un imagen de personas modernas, sensatas, llenas de buena voluntad reformista aunque cercadas por un entorno corrupto y autoritario. Sin embargo, en once años de poder, esta imagen se ha erosionado mucho porque Asad no cumplió ninguna de sus promesas de reforma política. Queda por ver hasta que punto la terrible represión actual acelera este desgaste.


¿En lo socio-económico, qué tipo de configuración tenemos?

La base de poder inicial del clan Asad es la comunidad alauita, una secta musulmana regional pariente del chiismo y considerada como hereje por muchos suníes (70% de la población siria). La mayoría de los cuadros del aparato de seguridad y del ejército son alauítas. En teoría, la ideología del partido Baath es una forma de “socialismo árabe”. Hubo y sigue habiendo un sector económico estatal de tipo soviético, muy ineficiente y corrupto, y ahora muy venido a menos. Pero ya bajo Hafez al-Asad, el padre de Bashar, hubo varias olas de reforma económica y alianzas con sectores de la burguesía comerciante suní. Este fenómeno se aceleró mucho con Bashar, que declara su admiración no sólo por el modelo chino, sino por países islámicos emergentes con un vigoroso capitalismo autóctono como Turquía y Malasia. En los últimos seis o siete años, hubo una forma de liberalización oligopolística que benefició principalmente a una estrecha elite de nuevos (y no tan nuevos) empresarios expertos en cultivar vínculos de negocio y de parentesco con el círculo dirigente. Estos miembros de la burguesía urbana suní tienen licencia para enriquecerse mientras su prosperidad ayuda el régimen a consolidarse más allá de su base clánica y confesional.


¿Quién más lo apoya, y quiénes son los opositores?

A diferencia de Egipto, las movilizaciones contra el régimen han sido hasta ahora muy débiles en los dos mayores centros urbanos, Damasco y Alepo, que reúnen casi la mitad de la población. Hubo en estas ciudades espectaculares manifestaciones de apoyo al presidente, muy bien orquestadas por el poder, pero que sí expresan un sentimiento no menos auténtico que las protestas masivas en Deraa, en la costa oeste, en Homs o en las zonas kurdas. Desde el inicio de la primavera árabe, Asad sigue repitiendo que “Siria es diferente”. Es verdad hasta cierto punto. La mayoría de los clérigos musulmanes están domesticados. Los pobres del campo están todavía controlados por redes clientelares y estructuras tribales, aunque la rebelión en Deraa muestra que la docilidad tribal no está siempre garantizada. La plebe urbana está dividida entre frustración sin horizonte y lealtad nacionalista, pero hay focos de rebelión masiva en barrios marginados del gran Damasco, como Duma. Lo que pasa es que en Siria el muro del miedo es doble: miedo al puño de hierro del régimen y miedo a la inestabilidad. Las minorías religiosas (cristianos, alauítas, drusos, ismaelitas) temen el posible deseo de venganza de una mayoría suní. En los debates en las redes sociales, se ve que la clase media está muy dividida. Todos desean reformas y odian a los mukhabarat, pero mientras unos quieren la cabeza de Asad para “vengar la sangre de los mártires”, otros le responden que son irresponsables y que están llevando el país a una guerra civil de tipo libanés o iraquí.

Asad habla de conspiración extranjera. Como se ubica la crisis siria en el tablero regional?

La protesta es fundamentalmente autóctona y no violenta. Se trata de redes juveniles espontáneas y ciudadanos de a pie que no aguantan más humillación y represión. Los Hermanos Musulmanes están individualmente presentes pero discretos (la pertenencia a la Hermandad es castigada con la pena de muerte en Siria), así como los disidentes tradicionales, sobre todo comunistas, izquierdistas y defensores de los DD.HH. Sin embargo, Asad es una paranoico que tiene verdaderos enemigos. Hubo francotiradores que mataron a militares y agentes de seguridad. Por lo que cuenta la gente local, hay varios caciques exiliados del propio régimen que mantienen sicarios en Siria para pescar en aguas turbias. Hay también yihadistas radicales infiltrados desde Líbano e Iraq. Muchas armas pueden fácilmente entrar desde estos países. Es muy peligroso porque aumenta el riesgo de guerra civil de tipo sectario o confesional. Eso explica la relativa prudencia de las potencias occidentales, de los sauditas, y sobre todo de Israel: Asad es “el malo conocido” y, pese a todo, un pilar del orden regional. Lo que puede venir después es mucho más temible que cualquier inestabilidad en Libia


Las opiniones y conslusiones expresadas en el siguiente artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del CETRI.