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Entrevista a Bernard Duterme

El zapatismo como movimiento social

Marc Saint-Upéry : En el fondo, ¿qué es el EZLN ? ¿Un movimiento político-militar, un movimiento político, un movimiento social, una especie de partido étnico-regional ? Y, conforme a esta o estas definiciones, ¿cuál es el balance de estos últimos 12 años de lucha y de actividad ?

Bernard Duterme : Todo depende por supuesto de lo que uno mete tras estas designaciones no controladas. Cada escuela sociológica o cada capilla política tendrá sus preferencias, incluso puede existir cierto fetichismo de las categorías. En los primeros años que siguieron su penetración en la selva lacandona (inicio de los años 1980), el EZLN sí fue un núcleo político-militar formado por algunos universitarios no indígenas, urbanos y guevaristas. Desde el levantamiento del 1 de enero del 1994, el mismo EZLN, o más bien la rebelión zapatista en su conjunto, se impuso progresivamente, con altos y bajos, como un movimiento social y político importante, tanto en el nivel regional como nacional, e incluso internacional, entre otras cosas gracias a la efervescencia de una vasta nebulosa “zapatizante”.

Sin embargo, el imagen un poco simplificador y lineal de un grupúsculo inicial vueltose en el trascorso de 10 años un movimiento social rebelde sobre un trasfondo de injusticia y de pobreza no es sostenible. Lo desmuestran los trabajos históricos y sociológicos inspirados por Alain Touraine – en particular los de Yvon el Bot [1]. Explican como, antes del 1994, todo un conjunto de procesos sociales y culturales llevaron un sector de la población indígena del este de Chiapas a elegir el recurso de las armas, a lanzarse en una lógica insurreccional. El “salto” del 1994, lejos de ser la expresión la más alta del movimiento social, su desenlace o su apoteosis, aparece como la manifestación de un impedimento, como una entre las opciones elegidas por un sector social bloqueado en su proceso de emancipación, en curso desde dos o tres décadas, confrontado a los callejones sin salida de la modernización y del desarrollo, víctima de la represión y del racismo...

Estoy menos convencido por Touraine y Le Bot cuando se rehusan a designar al zapatismo pos-1994 como “movimiento social” y hablan más bien de “deseo de movimiento social”. A veces, en los analistas de los “nuevos movimientos sociales”, hay una celebración exagerada de lo nuevo por sí mismo. Eso se vuelve la justificación y la condición exclusiva del interés manifestado por el objeto de estudio, en este caso el zapatismo : novedad de las formas de organización (democráticas, horizontales, reticulares…), de los repertorios de acción (simbólicos, mediáticos, expresivos…), de los valores (dignidad, diversidad…), de las reivendicaciones (autonomía, reconocimiento…), de la relación con lo político (contrapoder civil…) y de las identidades movilizadas (culturales, de género…). Sin embargo, basta examinar con detenimiento la dinámica zapatista para relativizar su originalidad ; o más bien, tal vez, para situarla como una articulación de formas nuevas con formas más antiguas, en la medida en que las actitudes verticalistas y autoritarias, los modos de expresión clásicos, los anhelos igualitarios de redistribución de las riquezas, las reivendicaciones estrictamente socio-económicas, la obsesión por el poder estatal y las identidades de clase están todavía muy presentes en el movimiento zapatista.

El balance de la rebelión está vinculado a esta articulación original de identidades (sociales, étnicas, territoriales), de reivendicaciones (culturales, políticas, económicas) y de modos de acción (masivos, simbólicos, pacíficos) que estuvieron a menudo antinómicos en la historia de las luchas sociales. Una articulación original, pero también circunstancial y frágil. Por un lado, no hay mucha exageración en decir que los zapatistas fueron los artífices de la caída (en el Chiapas y en el DF) del partido que controlaba todo el poder desde los años 1920, el PRI ; fueron también uno de los motores de una dinámica indígena nacional, incluso tal vez latinoamericana, de carácter afirmativo y democrático, así como los pioneros de una nueva internacional plural conocida como movimiento anti-globalización, o “altermundialista”. El reconocimineto mundial de los méritos de los zapatistas alimenta su dignidad recuperada, y a la vez se nutre de ella…

Por otro lado, sin embargo, los resultados de una larga década de conflictos más o menos abiertos y de negociaciones entre rebeldes y gobierno son más ambivalentes. Más allá del carácter insignificante del potencial militar del EZLN, el anclaje social del movimiento en el Chiapas conoce un cierto desgaste. Aparece un tanto amenazado, e incluso en los puntos de anclaje más fuertes de la rebelión, no hay un solo municipio que pueda pretender ser 100% zapatista. El aterrizaje del EZLN en el escenario político mexicano nunca acaba de aplazarse. En cuánto a la articulación “intergaláctica” con las convergencias altermundialistas, si estaba ambivalente ayer, está hoy evanescente ; no cumplió sus promesas.

Para el EZLN, ¿quiénes son los actores del cambio social ? ¿Qué papel tiene la dimensión étnica ? ¿Cuál es el objetivo final : ¿une forma de socialismo, una democracia radical más o menos institucionalizada, una pirámide de entidades communitarias autogestionadas ?

Vista desde arriba, la dinámica zapatista puede ser presentada como una nueva perspectiva emancipadora en construcción (cercana a la perspectiva “altermundialista”), en la medida en que, en sus discursos como en sus actos, intenta conciliar varios enfoques heredados o renovados : el enfoque republicano de la democracia política y de la ciudadanía, el enfoque socialista y tercer-mundista de la justicia entre los grupos sociales y entre los pueblos, el enfoque cultural del reconocimiento de la diversidad, los enfoques ecologista, féminista, pero también un enfoque individualista que cuestiona el estatuto del individuo dentro del colectivo y valoriza la emancipación del sujeto individual… El discurso de la rebelión se nutre también ampliamente de la ética y de la temática de la dignidad, y la cultura experimental del cambio social (que se construye aquí y ahora en las autonomías locales concretas) cuestiona en los hechos la relación jerárquica clásica (jacobina, marxista-leninista o social-demócrata) entre instituciones partidarias y movimientos sociales.

Desde otra perspectiva, el movimiento zapatista es también una especie de coctél circunstancial de culturas políticas (locales, nacionales, religiosas, indígenas, guevaristas…) en el que domina, hacia afuera, el toque del subcomandante Marcos, vueltose un gran maestro en el arte de hacer de la necesidad virtud. Cuando llegó a Chiapas, Marcos era bastante “cuadrado” en sus concepciones y sus certidumbres. Pero muy rápidamente, primero por el contacto con la realidad indígena preñada por la utopia liberadora de la iglesia chiapaneca, después del 1994 por las varias peripecias del conflicto « de baja intensidad » con la autoridades, el subcomandante se volvió un predicador de la indéfinición, de la improvisación y de la adaptación a las circunstancias, con inflexiones más o menos radicales, más o menos incluyentes, más o menos intransigentes. Aunque el objetivo inicial parecía claramente “socialista”, no hay un verdadero “objetivo final” como tal : oficialmente, se trata de construirlo en el camino, está sustituido por un simpático “radicalismo democrático” que logra seducir más que comprometer. Desde el 1994, tanto en lo que se refiere al modelo de autonomía para armar en el terreno concreto, como en lo que atiene a las vías de una verdadera democratización del Estado y de la sociedad mexicanos, el EZLN ha multiplicado las invitaciones a debatir pácificamente, a intercambiar puntos de vista, eso en todas las direcciones… Sin embargo, una metodología no basta para hacer una política. Si bien el fin ya no justifica cualquier medio, los medios tampoco pueden sustituirse al fin.

¿Qué espacio de estrategia y de alianzas define la Sexta Declaración de la Selva Lacandona entre la lucha armada y la lucha institucional-electoral, ambas aparentemente descartadas ? ¿Asuma el EZLN la idea de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, o es sólo una extrapolación propia de John Holloway [2] ? ¿Cómo se explica el grado de virulencia de los ataques de Marcos contra Lopez Obrador ? ¿Cuáles son lo retos o las oportunidades de una eventual victoria del PRD para el EZLN ?

La Sexta Déclaración de la Selva Lacandona (junio del 2005) y la “Otra Campaña” que la sigue (enero del 2006) constituyen una nueva iniciativa zapatista, que señala a la vez una continuidad y una cierta ruptura con las multiples initiacivas tomadas desde el 1994.

Una continuidad porque intenta de nuevo sacar el zapatismo de Chiapas, existir políticamente más allá de los municipios indígenas autónomos, movilizar los actores potenciales de un contrapoder civil en el nivel nacional, articular las luchas sociales mexicanas, « acumular fuerzas », unir a los campesinos, a los obreros, a las amas de casa, a los estudiantes, a los gays… (En general, las precedentes iniciativas se agotaron en una cierta ausencia de resultados políticos, en las rivalidades entre personas o fracciones de la izquierda militante – de la que proviene los creadores del EZLN -, en la indefinición o en la falta de agenda y de perspectivas...) Pero es también una ruptura, porque nunca como ahora Marcos había dibujado con tanta precisión el perfil político del nuevo frente para armar : “de izquierda”, “anticapitalista” y no partidario.

Esta convocatoria tiene un aspecto paradójico en la medida en que se presenta a la vez como incluyente y excluyente. El EZLN insiste que no quiere dirigir el proceso, pero delimita como nunca los criterios de participación. La intransigencia culmina en el ultimátum dirigido por Marcos a los mexicanos que desean votar por el candidato del PRD en las próximas elecciones presidenciales (y que está por ahora encabezando las encuestas) : “Los que van a votar por Lopez Obrador no pueden estar a nuestro lado”. Con él o con nosotros ! El rechazo definitivo al PRD tiene sus razones : conflictos esporádicos y sangrientos en Chiapas entre indígenas zapatistas e indígenas perredistas, voto del PRD en 2001 a favor de una “ley indígena” que “traiciona” el espíritu de los acuerdos de San Andres de 1996 entre EZLN y gobierno, actos de oportunismo político y corrupción notorios en el PRD, ambiguedades del programa económico de Lopez Obrador, etc. Sin embargo, esta actitud contrasta con lo que solía ser la “neutralidad” o el “distanciamiento” del EZLN durante los períodos electorales, y desconcierta muchos electores de izquierda. Es difícil evaluar el impacto potencial de esta campaña zapatista anti-Lopez Obrador, pero podría hacerle juego a la derecha y decepcionar muchos latinoamericanos que esperen del México una confirmación de la vuelta hacia la izquierda del subcontinente.

En cuanto a las reflexiones etéreas de Holloway (“cambiar el mundo sin tomar el poder”), están mucho más allá de las posiciones circunstanciales de los zapatistas, aunque estos puedan ocasionalmente encontrar en ellas una cierta validación teórico-política. En el mismo Chiapas (donde los zapatistas sí “tomaron el poder” en unos treinta municipios rurales para “cambiar la vida”) como en el nivel nacional (donde dan la prioridad a la construcción de un contrapoder social al margen de las vías democrático- electorales que ellos juzgan ineficientes en el contexto de las relaciones de fuerzas actuales), hacen hincapié en el “cambio desde abajo”. Si bien esta estrategia cuestiona las orientaciones actuales del « cambio desde arriba », no trastoca mucho su realidad.


Notes

[1Yvon Le Bot, Subcomandante Marcos, El sueño zapatista, Barcelona, Anagrama, 1997.

[2John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, Buenos Aires, Herramienta, 2001.


Les opinions exprimées et les arguments avancés dans cet article demeurent l'entière responsabilité de l'auteur-e et ne reflètent pas nécessairement ceux du CETRI.