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Mundo árabe

“El Islam no es sinónimo de arcaísmo”

Un análisis de la actualidad en el mundo árabe, las causas de las revueltas y lo efectos de las posibles salidas. Entrevista a Marc Saint-Upéry, por Pablo Stefanoni

¿Qué significan estas revueltas en el mundo árabe? ¿Un giro al islam, una nueva ola de nacionalismo, una respuesta liberal-antiautoritaria?

En casi todos estos países, vemos a tiranías escleróticas confrontadas a las expectativas crecientes de una juventud educada pero sin perspectiva y a la humillación de las masas empobrecidas. Esta región tiene la mayor proporción de jóvenes de menos de 30 años del planeta, y una de las mayores tasas de desempleo. Por todo lado, nuevos medios como internet y Al Yazíra fisuran la capa de plomo de la censura. En la última década, la sociedad civil se ha organizado en crecientes redes nacionales y transnacionales vinculadas a temas como los derechos humanos, las culturas juveniles y las protestas laborales. Hubo rebeliones de mineros en Gafsa (Túnez) en el 2008, de obreros textiles en Mahalla (Egipto) en el 2006. Pese a la represión, sobrevivieron redes de solidaridad que vemos reaparecer en las protestas de hoy. El pueblo pide empleos, dignidad y libertad. Sobre todo rechaza los autócratas, sus familias de ladrones de siete suelas y la omnipotencia de los mukhabarat, los sanguinarios servicios de seguridad.


¿Es posible un giro a la iraní en estas sociedades que, especialmente Egipto, parecen bastante modernizadas/sofisticadas?

Mire, en muchos aspectos, en particular la tasa de fertilidad y el nivel de empleo y de educación femenina –con todas las consecuencias socio-económicas y culturales–, la sociedad iraní es mucho más sofisticada que las sociedades árabes. El resurgimiento del Islam no es para nada sinónimo de “arcaismo” o de “tradicionalismo”. Es un repertorio simbólico común pero ambivalente que puede abarcar desde el elogio explícitamente “tocquevilliano” de la autonomía de la sociedad civil formulado por el líder islamista tunecino Rashid Ghannushi hasta el fascismo teocrático –muy minoritario– de los kamikazes de Ben Laden.

En la mayoría de los casos, la ola devocional neo-islámica expresa una modernización antropológica sui generis: “descomunitarización” e individualización controlada de la fe, “poder pastoral” difuso, búsqueda de sentido y de autodisciplina moral en medio de la transición traumática a la modernidad urbana y mercantil. En esto se parece mucho al neo-protestantismo de los sectores populares latinoamericanos o africanos.

En lo político, la revolución tunecina se identificó más bien con el “movimiento verde” anti-Ahmadinejad de 2009. Y no hay que subestimar el orgullo egipcio de volver a ser el lucero del mundo árabe, lo que excluye un alineamiento incondicional con lo que es percibido a veces como una forma de subimperialismo regional persa.

Las izquierdas parecen tener pocas perspectivas de influencia...

Hay una debilidad sociológica de la izquierda, vinculada al peso muy reducido del proletariado formal organizado y a la prevalencia de la informalidad, y una debilidad cultural. La economía moral de la plebe y de la pequeña burguesía musulmanes tiene una profunda afinidad con un imaginario civilizatorio puritano-mercantil muy parecido al modelo protestante anglo-sajón.

El caso de Túnez es un poquito más alentador porque el sindicalismo jugó un papel importante en la sublevación y existen núcleos intelectuales y partidarios con cierta influencia. En Egipto, parte de los activistas juveniles de clase media se identifican con cierta izquierda “liberal posmoderna”, digamos, y manifiestan su solidaridad con las luchas obreras. Pero son minorías, y el trabajo de reconstrucción ideológica y organizativo por hacer es gigantesco.

¿Las FFAA van a tutelar la transición? Su rol fue clave en la caída de Ben Alí.

En Túnez, hubo una “neutralidad activa” a favor de la transición democrática. En Egipto, el ejército tiene mucho más peso, controla al menos un cuarto de la economía y recibe miles de millones de dólares de ayuda estadounidense. Nunca participó en la represión de los civiles y es percibido por la población –por el momento– como una suerte de “reserva moral”, pero los intereses económicos y estratégicos en juego son enormes. Los militares van a acompañar la transición, pero nos les veo aceptar fácilmente un régimen que disminuiría su poder o socavaría sus alianzas.

¿Habrá mayores niveles de autonomía frente a Washington? ¿Se pueden desarmar los equilibrios de poder armados por EEUU e Israel?

Israel percibe lo que está pasando como una catástrofe, mientras Washington, después de un momento de vacilación, decidió tratar de cabalgar el tigre. Gracias a varios programas universitarios en particular, los EE.UU. tienen contactos en el mundo de los activistas y de las ONGs vinculados a la oposición. El tema fundamental es sí van a aceptar también la legalización de los Hermanos Musulmanes. Hay señales que lo están pensando y que se están resignando al hecho de que el Egipto de mañana nunca será tan dócil como la de Mubarak. La idea es preservar un núcleo mínimo de intereses fundamentales con un perfil mucho más bajo.

Chávez consultó a Kadafi y al presidente sirio Assad y dijo que hay que ser cuidadoso antes de opinar. Cuba mantiene bajo perfil sobre el tema. ¿Qué piensa de esta “prudencia”?

El carácter profundamente antidespótico y sin caudillo de estas revoluciones es muy perturbador para algunos. Kadafi y Assad son dos campeones regionales de la represión, de la tortura y del asesinato político. El líder libio condenó histéricamente el derrocamiento de su “gran amigo” Ben Ali y Assad bloqueó el internet en Siria para que su pueblo no tenga malas ideas. No sé que le habrán dicho estos dos criminales a Chávez, pero esta “consulta” me parece particularmente patética.


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